Historia de Negros y Lubolos

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Historia de Negros y Lubolos

Mensaje por Valen el Vie Abr 11, 2008 3:06 pm

La historia de los negros y lubolos
Carnaval en el Uruguay: Una tradición tricentenaria

La pasión del pueblo uruguayo hacia el Carnaval es un fenómeno difícil de explicar por los sociólogos. Junto con el mate y el fútbol son los elementos más distintivos de nuestra idiosincrasia.
Para alguien que no resida en nuestro país, le resultaría muy difícil entender una fiesta de tan extensa duración (récord mundial en la materia) y que transforma el ritmo de vida de los montevideanos. Durante un mes y medio, el bullicio se prolonga hasta altas horas de la madrugada, en los barrios más disímiles, desde las zonas de clase baja, hasta las de clase media y media alta, porque el espectro de gente que atrapa el Carnaval es muy amplio y prácticamente abarca todas las clases sociales.
Si en el presente tiene una enorme repercusión, aún más la tuvo en el pasado. Datos estadísticos de principios de siglo, indican que un 90% de la población montevideana participaba, de una u otra manera, en los festejos. Esto era fácil de constatar teniendo en cuenta los nombres de connotados políticos que, voluntariamente, intervenían en las comisiones encargadas de la organización de las celebraciones del Carnaval; un ejemplo de ello, son los nombres de José Batlle y Ordóñez y Luis Alberto de Herrera -dos de la personalidades más notorias y representativas de los partidos tradicionales- quienes sumaron sus aportes durante un tiempo muy prolongado.

Escribe: Enrique Filgueiras
Carnaval en la época colonial

Los primeros rastros de festejos de Carnaval en nuestra historia se remontan a 1760, allí nos encontramos con un edicto que regulaba la celebración, prohibiendo – entre otras cosas – el uso de armas de fuego y el disfrazarse con uniformes oficiales. Ignoramos si ese fue el primer festejo o si ya había existido otros, algunos historiadores especulan que fue una moda importada de Europa apenas se fundó Montevideo, lo que sí sabemos es que ese es el primer documento escrito que alude al Carnaval.
La comparsa de negros es la expresión folclórica más antigua con mayor vigencia en nuestros días.
Sus orígenes se remontan a la época colonial, más precisamente a mediados del siglo XVIII, allá por 1760.
Un Montevideo muy diferente, tal como describía Isidoro de María. Era una población sumida en las tinieblas, con calles llenas de huecos, zanjas y pozos. Un Montevideo muy religioso por cierto, con misas que registraban una asistencia masiva y a la que se acudía con las prendas más lujosas, ya que era una de las citas sociales más difundidas. Un Montevideo muy apegado a las tradiciones, entre ellas las procesiones de Corpus Christi... Precisamente en ellas, fue en donde los negros comenzaron a ganar la calle. En aquella época eran un porcentaje ínfimo de la población, aunque con el devenir de los años se fueron multiplicando de tal forma que al llegar a fines del siglo XVIII se calculaba que constituían un tercio del total de los habitantes.
Un día al año era consagrado a ellos: El día de San Valentín o San Baltasar. En esa fecha, los negros esclavos eran autorizados por sus patrones a gozar de vacaciones, descansar y divertirse disfrazándose como sus amos e imitarlos.
Las comparsas como tales comenzaron a aparecer en la década del sesenta del siglo pasado, más precisamente en 1865 bautizada "Raza Africana". ¿Cómo eran esas comparsas originales? Una respuesta parcial a la pregunta la hallamos en los versos que escribió el poeta popular Francisco J. González para "Raza Africana" en 1970:

"Brilla negro tus canciones
que ilusión hace ver
flautas, guitarras, güeseras
panderetas y otras cien.

Cirarum morena
Cirarun paya
quibrando zambumba
que ate haré gurtar...

Yo no puedo negrito
quibrar la cintura
quibrando la tuya
las dos cimbrarán.

Bailan tango las negritas
y los negros a su vez;
penas aquí no se sienten,
solo se goza placer.

Niñas bellas que tanto desean
ver a los negros bailar y cantar
poned atentos ojos en ellos
y elogios mil habréis de lanzar."

Como se desprende del texto, podemos apreciar el vocablo "tango" o "tangó" como se pronunciaba en aquel entonces, denominando de tal forma a un nuevo ritmo musical que impusieron las comparsas de negros y que luego hizo furor en ambas márgenes del Plata.
La expresión "negros lubolos" (blancos pintados de negros) data de 1876, como puede comprobarse en el diario "La Tribuna" del 26 de febrero de dicho año, donde detalla la aparición de una comparsa "Negros Lubolos" conformada por blancos que bailan y cantan "con la misma perfección que hemos visto más de una vez a los propios negros ejecutar en sus sitios o candombes... Auguramos éxito a esta sociedad que ha tomado con empeño la idea de hacer conocer las costumbres de los amiguitos."
En 1903, la comparsa "Esclavos de Asia" promovió una auténtica rebelión. Junto a los presidentes de las agrupaciones "Pobres Negros Cubanos", "Lanceros Africanos", "Negros Hacheros", "Esclavos de Nyanza", "Negros del Congo", "Esclavos Africanos", "Negros Libertadores", "Esclavos de La Habana", "Hijos del Congo", "Esclavos de Mozambique" y "Libertad Esclavos de Asia" suscribieron una iniciativa en la que señalaban que no se presentarían en ningún tablado donde no se premiara, por separado de las restantes, a las comparsas de negros, creando de hecho una nueva categoría.
Muchos son los títulos de destaque que contribuyeron a enriquecer el prestigio de esta expresión artística. En su génesis es necesario recordar a "Esclavos de Nyanza", que al igual que otros dos símbolos del Carnaval como "El Carro del Chaná" y "Un Real al 69" fueran declarados "fuera de concurso". Con el devenir del tiempo se fueron sucediendo títulos de gran prestigio "Libertadores de Africa", "Añoranzas Negras", "Fantasía Negra", "Miscelánea Negra", "Morenada", "Serenata Africana", "Marabunta" y en los últimos años la rivalidad es entre "Kanela y su Barakutanga", "Yambo Kenia" o la fugaz "Sierra Leona".

Las Llamadas

Para hablar de "Las Llamadas" deberíamos remontarnos a aquellas procesiones de San Valentín o San Baltasar, a las que ya hicimos referencia. Esa tradición, precisamente, es recordada anualmente en la fiesta de Llamadas. Lauro Ayestarán, el mayor musicólogo del Uruguay, define la llamada como la convocatoria que hacían los tamboriles de una comparsa para concurrir a ella. Se llamaban haciendo sonar sus parches en el barrio y reclutaban sus adherentes. El historiador Antonio Plácido cuenta que "en el viejo barrio Palermo, sede de algunas agrupaciones famosas, solía ser costumbre que tres o cuatro tambores de cada grupo salieran independientes, durante el Carnaval, a convocar a sus componentes, por ese y otros barrios alejados, los que se iban incorporando a sus respectivos núcleos para terminar reuniéndose en el mismo punto, donde se organizaban para iniciar sus actividades."
En 1956, la Intendencia Municipal de Montevideo decidió oficializar el desfile de llamadas y se le dio un recorrido que conserva la esencia de las Llamadas, ya que salía de un punto volvía a él tras recorrer las calles de los barrios Sur y Palermo.
Ese primer desfile salió de Cuareim y la rambla hasta Durazno, por ésta hasta Minas, San Salvador, Ansina, Isla de Flores, Curuguaty, José María Roo y nuevamente la rambla.

La Comparsa

Al frente de la comparsa se sitúan los estandartes o emblemas que distinguen a unas de otras, sus portadores suelen hacer difíciles malabares, como sostener con el mentón la pesada estructura.
Son seguidos por los portabanderas, con sus gigantescas banderas, sus colores son los mismos año tras años, ya que representan a las naciones africanas de las cuales eran originarios los ancestros de los integrantes. También van haciendo gala de su habilidad con pases complicados y difíciles, a veces acostándose en el suelo y volviendo a pararse sin perder el ritmo de su baile.
Para alumbrar su paso en la noche carnavalera descienden del cielo estrellas y medias lunas, con su carga religiosa a cuestas y que son sostenidas por jóvenes bailarines, que al igual que el resto de los componentes suelen esconder su rostro con máscaras recordatorios de los místicos antepasados de los negros o bien la integración mágica de los espíritus, con la ayuda propiciatoria de la alucinante música del tamboril y la danza de atenuada convulsión del gramillero, al decir de Flor de María Rodríguez de Ayestarán.
El gramillero es una de las figuras más atractivas desde el punto de vista coreográfico. Sus movimientos, para el espectador no entendido, parecen obedecer a la decadencia de la vejez, mientras pretender alcanzar a la coqueta Mama Vieja, mientras tiemblan sin cesar y no dejan de frotarse con su mano la cintura dolorida. Una explicación muy alejada de la realidad. El gramillero representa al médico, que va siempre acompañado por su valijita portadora de yuyos y gramillas y no persigue a la mama vieja para enamorarla o seducirla. Sus pasos de avance y su rodeo a la negra vieja, no son otra cosa que el despliegue mágico de hechicero, médico o brujo, quien la señala con su brazo y mano extendidos y con su dedo índice, conjurando la decadencia senil y la enfermedad para que se aleje de su cuerpo y su baile temblequeante es su lucha interna contra el mal.
La Mama Vieja , Abuela o Mamá Inés, como también se la denomina va caracterizada con su eterna sombrilla (la cual va girando constantemente), su abanico y su canasta, a veces repleta de humeantes pastelitos. No faltan ocasiones en que arrulla a un bebé en sus brazos. Visten trajes largos, a veces blusas escotadas y amplias polleras con abundantes lunares grandes o pintas. Cubren su cabeza con un pañuelo anudado sobre la frente y usan un gran número de collares y pulseras multicolores y grandes pendientes.
Junto a los nombrados hay una tercera figura de indudable importancia en lo tradicional: El escobero. El encargado de barrer con su escobilla los malos designios que acechan y que tratan de ser expulsados por el gramillero. Los escoberos de las comparsas son auténticos malabaristas que ejecutan con precisión su arte, manteniendo en constante movimiento la escobilla, la cual en un instante se desliza rítmicamente entre sus dedos y unos segundos después realiza increíbles piruetas por los aires para luego descender durmiéndose sobre el pecho deslizándose por su cuerpo hasta la punta de su pie y volver a cobrar altura, siempre al son del tambor. Algunos cambian la escobilla por un bastón y a veces son adornadas por cintas o listones de celofán. Los escoberos visten con un buzo y un bombachudo, se calzan los pies con zapatillas u alpargatas y usan medias negras, sobre las que se destacan cintas rojas o blancas que sujetan las alpargatas hasta la rodilla rodeando la pierna en forma cruzada y sirven, además de sostén, como recordatorio de los latigazos que recibían los negros esclavos por parte de sus amos. Llevan además una torera de color. De su cintura penden dos cueros, siendo llevado uno adelante y otro atrás, que son de zorro, oveja y a veces de perro. En estos cueros cuelgan espejitos, cuenta de colores y diversidad de adornos y cascabeles que simbolizan amuletos que alejan a los espíritus malignos.
Tras ellos vienen los jóvenes bailarines, de ambos sexos. Sus movimientos de danza son de balanceo o de giro, contorsionando sus cuerpos, sacudiendo sus caderas, alzando sus hombros, temblando convulsivamente, con sus índices señalantes, elementos todos rescatados de antiguos y modernos rituales africanos, emparentados con la danza sagrada de la fertilidad, donde la sexualidad es proclamada para la procreación, en exaltación de la vida y el olvido de la muerte. Algunas danzarines se transforman merced a su belleza y ardor en refinadas vedettes, las cuales abandonan la clásica pollera -cuyo ruedo se levanta hasta la cintura- por bikinis o mallas, a veces caladas, de raso, gasa y lamé y adornan sus cabezas con vinchas, pedrería y profusión de plumas. Algunas adquirieron gran prestigio y su nombre reconocido internacionalmente, tales lo caso de Rosa Luna o Marta Gularte.
Los restantes componentes de la comparsa son los tamborileros, comúnmente conocidos como "la cuerda de tambores". Van avanzando rítmicamente y su danza o paso es acorde al peso y la forma de su tambor, el cual va sujeto a su hombro por un colgante denominado talig o talín y es apoyado en su muslo izquierdo. Al avanzar empuja a su tamboril a cada paso de su pierna izquierda.

El tambor

Existen varias clases de tambores. Volviendo a la autorizada opinión de Lauro Ayestarán responden a los cuatro registros de la voz humana.
El chico es el soprano, con una altura de 65 cm. y un diámetro de la membrana de 62.
El repique es el contralto, con una altura de 70 cm. y un diámetro de 20.
El piano es el tenor, o más bien barítono, con una altura oscilatoria de los 73 cm. y un diámetro de 24.
Un cuarto tipo es el bombo, que corresponde al bajo, con una altura de 78 cm. y un diámetro de 27, aunque cabe aclarar, que hoy en día ha caído en desuso.
Las medidas que señalamos son promediales, pudiendo varias en algún centímetro de más o de menos.
De los nombrados el imprescindible es el chico, quien fue bautizado como "la llave de los tamboriles", su rítmica es fija y sirve de apoyo al resto de la cuerda.
Su construcción es un verdadero arte y suele emplearse listones de madera de pino brasil, flejes de hierro, cuero vacuno, tachuelas, clavos, alambre grueso, tiras de lona o cuero y pintura al aceite.
Las herramientas que se emplean para la tarea son el serrucho, cepillo de carpintero, martillo, cortafierro, lápiz de marcar, alicate, papel de lija.
En la parte superior del tambor, conocida como boca se ubica la lonja, cuero o parche, la cual es de piel rasurada de vacuno o de ovino y su espesor depende del tipo del tamboril para la cual se va aplicar llegando a un máximo de dos milímetros.
Esa lonja es golpeada con las manos para obtener el sonido y a veces por un palo o palillo, un percutor de madera que siempre se acciona con la mano derecha. Su diámetro o longitud depende del tipo de instrumento y suele utilizarse para su fabricación la madera del "árbol de pajarito".
Para obtener un mejor sonido en la ejecución es necesario "templarlo" o afinarlo y para ello se recurre a diarios viejos y se los incinera dándole fuego por la culata, la parte inferior del tambor, la apuesta a la lonja, en dirección al hueco interior.

Ya se siente el clásico borocoto-chás chás. Allí vienen los negros de Figari al igual que en una noche de Llamadas. Los émulos de los Nyanzas, de Los Lanceros Orientales, de los Guerreros del Congo... De la vieja Miscelánea, de Añoranzas y Fantasía Negra... Son los hijos de la Morenada, de la Marabunta, de la Serenata Africana... Recordando las enseñanzas que nos legaron los Melogno, Pedro Ferreira, Carlos Páez Vilaró, Hugo Alberto Balle, Ramón Collazo, Fernán Silva Valdez, Pintín Castellanos... Con la magia de Kanela, Kathy Gularte, la Negra Jhonson, Pirulo, la Tía Coca... Con el ritmo de Ruben Rada y con la voz inconfundible de Lágrima Ríos o de Adriana Lapalma... Allí viene la comparsa y a su frente, al igual que ayer, hoy y siempre ese símbolo siempre vigente... Rosa Luna.

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